Amamanté a mi hija hasta el año y medio. Como las negras, decía mi mamá que
había trabajado en Benin. Como las indias, decía mi suegra que era india. Yo
me bañaba de leche. La dejaba escurrir sobre la boca de mi hija, rosada,
tierna y besada hasta el cansancio. Me la esparcía por las costillas duras,
por las tetas henchidas, por el cuello. Leche pegajosa, leche dulce. Al
principio me dolió. Grietas invisibles pululaban por mis pezones y cien
dagas minúsculas me impedían el roce con la ropa, me volvía loca al darme
vuelta en la cama, me hacían llorar. Pero seguí, terca, amamantando de leche
y sangre a la única persona de la que puedo decir que amo sin ganas de huir
al reconocerlo.
Luego fue el placer. Las gotas gordas. Su boca pegada a mi cuerpo que
escribía cuentos de terror en la máquina. Ese ruido sutil que recuerdo de
cuando mi abuelo me llevaba a recorrer los galerones de la lechería. Un
ruido como de succión, pero vivo. Mi abuelo decía: las mejores vacas las
reconoces porque tienen la base de la cola muy ancha. Yo agradecía sus
secretos, escuchando el ruidito de la leche al pasar de esas tetas inmensas
a los pezones que succionaban tubos movidos por manos de campesinas
sonrosadas.
Nunca usé pañales desechables. El chiste de los pañales de algodón era que
la pipí se mezclaba a la leche y mi hija y yo podíamos mojarnos una a la
otra. Podíamos cuidarnos húmedamente.
Tiradas en el suelo nos dormíamos conectadas. Tengo suerte y pisos de duela;
su boca en mi pezón y, a media siesta, sin casi darnos cuenta, su boca en mi
otro pezón. Las horas tenían el ritmo largo del saxofón.
Su cuerpo desnudo sobre mi cuerpo desnudo, carne viva, supersticiosa,
amante. A los cuatro meses tomamos un camión y subimos a la Sierra Madre,
pezones en la majestuosidad del cielo azul, pezones cercenados de indias en
la conquista, pezones caídos de madres de criaturas hambrientas, montañas
amadas que me sacaron lágrimas de compasión. Mi hija dormía segura en un
saco amarillo. Yo daba clases. Escuchaba a mujeres. Ojos negros sobre mi
rostro quemado, feliz. Te amo gritaba cada poro de mi piel al saquito
amarillo. Y ese te amo eran ganas de hacer, de escuchar.
Me recosté en una piedra caliente de sol. Olí la tierra y mi propio olor de
cabra montesa bañada de leche, leche rancia, cuajo de queso. Por favor volví
a suplicar. Entonces el saquito amarillo empezó a moverse, lloró apenas. Y
yo me abrí la camisa caqui, mi hija sonrió al ver los senos empezar a
escurrir leche, urgidos de servirle de fuente. Las mujeres me miraban. Yo
estaba en medio de ellas, mi hija en mi cuerpo, mi cuerpo en la tierra y
ésta en las montañas. Poco a poco, se levantaron. Un revuelo de faldas en la
esquina de mi vista. Volvieron con sus hijos de ojos negros y bocas
ansiosas. Se sentaron en círculo a mi lado, las blusas abiertas. Estábamos
juntas. Le pasé mi hija a la joven a mi izquierda y tomé al hijo de otra.
Hijos de la tierra, hijos amados. A nuestro alrededor las viejas cantaban.
Nuestras leches se mezclaron en las gargantas. Cómo muerde el tuyo. Y nos
reímos. Juntas, muy juntas. Qué hambre trae ésta. Más sonrisas. Mi hija
tiene diez hermanos de leche.