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¿Cómo he podido?
Estás aquí en mi mente, ya no podré olvidarte. Y más allá de la muerte, escucharé tu latido entre resabios ardientes, este dolor es gemido, me acompaña arrepentido eternamente. Me creí con el derecho, por temor, injustamente de aquietar tu sonido, que palpitaba en mi sienes en mi cuerpo estremecido, más no podía tenerte; eran otros los esquemas de tabúes incoherentes. Y te quité de tu nido, y mi sangre fue torrente de pesares recurrentes, cobardía por no tenerte. Aún te siento cielo mío, en mi alma penitente, manojito de ternura, hoy, te acuna mi inconsciente.
M.C.
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