Las lobas, las perras, las gatas, las vacas, las focas, las elefantas, las
leonas, las gorilas, las ovejas, las ballenas, las yeguas, las monas, las
jirafas, las zorras y las humanas tenemos algo en común: el instinto de proteger
nuestra cría.
Sin embargo somos especialmente sensibles si algo se interpone entre nosotras y
nuestros cachorros después del parto: por ejemplo, si alguien toca a uno de
ellos impregnándolos de un olor ajeno, perdemos el olfato que los hace
absolutamente reconocibles como propios. Si permanecen alejados del cuerpo
materno, vamos perdiendo la urgente necesidad de cobijarlos.
Cada especie de mamíferos tiene un tiempo diferente de evolución hacia la
autonomía. En reglas generales, podemos hablar de autonomía cuando la criatura
está en condiciones de procurarse alimento por sus propios medios y cuando puede
sobrevivir prodigándose cuidados a sí mismo sin depender de la madre. En muchos
casos va a necesitar de la manada como ámbito de vida, y es la manada que va a
funcionar también como protectora contra los depredadores de otras especies o de
la propia.
Entre los humanos del mundo “civilizado”, pasa algo raro: Las hembras humanas no
desarrollamos nuestro instinto materno de cuidado y protección, porque una vez
producido el parto, tenemos prohibido oler a nuestros hijos, que son
rápidamente bañados, cepillados y perfumados antes de que nos los devuelvan a
nuestros brazos. Perdemos un sutil eslabón del apego con nuestros cachorros.
Luego raramente estaremos bien acompañadas para que afloren nuestros instintos
más arcaicos, difícilmente lograremos amamantarlos, -cosa que todas las demás
mamíferas logran siempre y cuando no hayan parido en cautiverio-, muy pocas
veces permaneceremos desnudas para reconocernos, y seguiremos reglas fijas ya
sean filosóficas, culturales, religiosas o morales que terminarán por enterrar
todo vestigio de humanidad. Si es que a esta altura podemos llamarla como tal.
El niño sobrevivirá. Cumplirá un año, dos, o tres. Seguiremos nuestras reglas en
lugar de seguir nuestros instintos. Estimularemos a los niños para que se
conviertan velozmente en personas autónomas. Los abandonaremos muchas horas por
día. Los castigaremos. Nos enfadaremos. Visitaremos especialistas para quejarnos
sobre cómo nos han defraudado estos niños que no son tan buenos como
esperábamos.
A esa altura sentimos que estos niños no nos pertenecen. Esperamos que se
arreglen solos, que duerman solos, que coman solos, que jueguen solos, que
controlen sus esfínteres, que crezcan solos y que no molesten. Hemos dejado de
“oler” eso que les sucede. No hemos aprendido el idioma de los bebés, no sabemos
interpretar ni traducir lo que les pasa. Cuando estamos ausentes, o incluso
cuando estamos cerca -con tal de estar tranquilos- los dejamos completamente
expuestos. Entonces puede aparecer el más feroz de los lobos feroces. Ya que en
realidad somos nosotros, sus más temibles depredadores.