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El síndrome de muerte en la cuna (Sudden Infant Death Syndrome: SIDS) es la principal causa de mortalidad infantil en Estados Unidos, aunque se ha comprobado que se da en casi todas las sociedades del planeta. Un bebé se duerme, aparentemente en buen estado de salud, y muere sin previo aviso. El SIDS no es una enfermedad en sí misma, sino un síndrome; esto significa que la etiología es compleja. La causa de la muerte se puede atribuir muchos orígenes Fisiológicos. A menudo las señales apuntan a una falla respiratoria, una incapacidad de controlar el ciclo de la respiración durante el sueño o, quizá, la incapacidad de volver a respirar después de una apnea. Para McKenna y otros, no es casualidad que el manejo de la respiración se presente entre los tres y los cuatro meses de edad, el mismo período en que los bebés son más vulnerables al SIDS. Además, en los climas fríos se producen casos porque el bebé, muy envuelto en mantas pesadas, está sujeto a la hipotermia. En general, el sistema cardiovascular falla y el pequeño no se recupera. La muerte se atribuye al SIDS cuando no hay accidente y no se ha diagnosticado ninguna enfermedad. Los padres sólo saben que algo ha funcionado muy mal, que por algún motivo el bebé no logró sobrevivir a la noche o a una siesta. Rara vez hay señales de advertencia; algunas veces el pequeño estaba algo resfriado; otros presentaban problemas respiratorios; pero con mucha frecuencia padres y médicos no tienen motivos para pensar que un bebé en particular sea vulnerable. El SIDS se presenta más a menudo entre los varones que entre las niñas y entre bebés que nacieron con peso inferior al normal (el 18 por ciento son bebés prematuros). La característica más llamativa es la edad en la que se presenta: un 90 por ciento de los casos de SIDS se produce antes de los seis meses; más comúnmente, entre los tres y los cuatro. Lo sorprendente es la extraña distribución del SIDS en las culturas. La tasa mayor está en Estados Unidos, donde mata a dos de cada 1.000 nacidos con vida: casi uno por hora. La Alianza del Síndrome de Muerte en la Cuna señala que, en un año, mueren en Estados Unidos más niños por SIDS que por cáncer, enfermedades cardiacas, neumonía, maltrato, SIDA y otros males sumados. Induce a confusión esta proporción inesperadamente alta en toda Norteamérica, considerando que tanto Estados Unidos como Canadá son naciones industrializadas, con una buena alimentación y adecuada atención médica prenatal. Como contraste, la menor incidencia de SIDS Se produce en Asia; en Japón es del 0,3 por mil; en Hong Kong, 0,03 por mil (entre 50 y 70 veces menor que en Occidente), y en China resulta prácticamente desconocida, aunque en este caso puede haber graves problemas de información. Los investigadores especulan que esa baja incidencia en Asia puede deberse a factores ambientales, como el hacinamiento y una atmósfera socialmente estimulada, así como al hecho de que los bebés, además de dormir con adultos, lo hacen más boca arriba que boca abajo, lo cual parece proteger contra el SIDS. La posibilidad de que el ambiente o el estilo de crianza pueda tener relación con este síndrome ha sido confirmada por estudios realizados con grupos de inmigrantes asiáticos radicados en Estados Unidos. EL AMBIENTE DE CRIANZA Y EL SIDS.El sueño infantil evolucionó mientras el bebé viajaba bamboleándose en un cabestrillo, señala el antropólogo Jim McKenna. Existe algo físico en esa relación; no podemos seguir suponiendo que dormir solo no puede tener ninguna consecuencia fisiológica. Para el bebé humano, sumamente altricio, la atención social es una atención fisiológica. McKenna está convencido, merced al trabajo de su laboratorio y a la información sobre el SIDS en distintas culturas, de que la costumbre occidental de asignar al bebé su propia cama y su propio cuarto no sólo es extraña, sino que va a contrapelo del tipo de atención para el cual fueron proyectados los bebés. La idea de que el medio, específicamente la crianza, podría tener relación con el SIDS es un tema controvertido. Nadie quiere culpar a los padres y, obviamente, hay algún motivo biológico primario para que algunos bebés no sobrevivan a la infancia y otros sí, cualquiera que sea el modo de dormir o el trato recibido. Pero ciertos cambios dramáticos que se han producido recientemente en la tasa de SIDS vienen a subrayar la importancia de las prácticas de crianza para prevenir su inci- dencia. En un principio, los expertos decían que era conveniente poner al bebé boca abajo para dormir, a fin de que no se ahogara con su propio vómito. Pero comenzó a aparecer una relación entre la posición supina y la baja incidencia del SIDS; su frecuencia empezó a bajar cuando se aconsejó a los padres que acostaran al bebé boca arriba. Por ejemplo: en el Reino Unido se produjo una reducción del 90 por ciento, entre 1981 y 1992, desde el momento en que se adoptó esa nueva posición para dormir; en Holanda, Australia y Nueva Zelanda, la reducción fue del 50 por ciento. En Estados Unidos, la caída del SIDS ha sido mucho menos espectacular, pues este cambio en las recomendaciones de la puericultura ha sido menos publicitario y menos aceptado. Pero la mayoría de los pediatras reconocen ahora que, al estar boca abajo, el bebé no puede patear las mantas si tiene demasiado calor; de ese modo se reprime su instinto natural de regular la temperatura corporal. Y el bebé no sólo resulta afectado en sus movimientos. Al parecer, los párvulos duermen de otro modo cuando están en esa posición; duermen más y pasan más tiempo fuera del nivel MOR; además, los despertares transitorios son menos y más breves. En otras palabras: duermen profundamente. Tal vez por esto los pediatras comenzaron por recomendar ponerlos boca abajo: el objetivo occidental era que el bebé durmiera como un tronco. En posición supina, se agita, se retuerce y su sueño es mucho más ligero. Pero se pasó por alto que un sueño ligero es, esencialmente, mucho mejor para el bebé que está aprendiendo a dormir.
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